Inclusividad

El otro día, me topé en las redes sociales con una reflexión de @mipsicologainfantil sobre la educación inclusiva y me encantó.

En ella habla sobre el hecho de que todos somos diferentes, pero la sociedad parece empeñarse en obviar este “pequeño” detalle. Todo aquel que queda fuera de lo que se considera “normal” se vuelve invisible o es considerado como un bicho raro.

La pregunta del millón es qué quiere decir eso de ser “normal”. ¿Quién decide lo que es normal y lo que no? Yo puedo ser igual a muchas otras personas en determinados aspectos, pero en otros ser una minoría. ¿Eso me convierte ya en alguien que no es “normal”? Como ves, es un tema que da lugar a una profunda reflexión.

La escuela tiene un función que va mucho más allá de enseñar una serie de conceptos y aprendizajes. La escuela tiene una función sociabilizadora. En ella se ven reflejadas actitudes que los niños y adolescentes copian de su entorno y debería ser en ella donde debería imperar el concepto de la inclusividad. Las escuelas deberían ser capaces de enseñar a sus alumnos algo muy bonito: que no todos somos iguales y que eso ¡es genial! Porque dónde no llega uno, llega el otro.

Cierto es que en las últimas décadas la situación ha ido mejorando. Que las escuelas e institutos son cada vez más inclusivos. Pero todavía falta mucho por hacer.

En mis 15 años de carrera como docente, me he encontrado muchos alumnos hundidos en la miseria porque el profesor o maestro de turno le menosprecia, le deja de lado, le humilla,… solo porque no entiende que ese alumno tiene un ritmo de aprendizaje distinto, porque necesita unas rutinas marcadas, porque le molestan los cambios, porque es tímido, porque tiene una situación personal difícil,…

Cuando oigo expresiones como “no da para más”, “es un vago”, “no hará nada en la vida”, “solo sirve para calentar la silla”, me hierve la sangre.

Sí, todos tenemos nuestros problemas. Pero un poco de empatía no iría nada mal. Quizá ese alumno que le cuesta aprender a leer, es muy bueno en matemáticas. Quizá ese alumno que siempre se despista en clase no lo hace porque no le interese lo que le estás explicando, sino porque tiene déficit de atención.

Lo importante para mí, como docente es acompañarles, entenderles, ponerme en su lugar. Motivarles, potenciar aquello en lo que son buenos. Y poco a poco, con el tiempo, irán adquiriendo las competencias que les faltan y ¡eso es lo mejor de todo!

No hay nada que me haga sentir más orgullosa que ver la cara de felicidad de un alumno que supera sus límites. Esa es la recompensa de nuestra profesión.

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